
Las distintas dimensiones de las escuelas doctrinales permiten utilizarlas como un método para comprender la religión, pero también hacen que su carácter integrador quede relegado. Las escuelas doctrinales abren posibilidades para establecer una relación auténtica con la religión mediante determinados métodos. Y eso las hace importantes y necesarias. Sin embargo, un Método Integrador debe reunir las condiciones de un método de los fundamentos de la religión. Debe situarse por encima de las escuelas doctrinales y dar cabida, en su funcionamiento interno, a las escuelas y a las diferencias. Este planteamiento básico también deja claro en qué debe consistir el método.
Lo esencial del método fundamental de la religión es asumir su carácter integrador y desarrollar una perspectiva y un enfoque acordes con él. La cuestión de los fundamentos de la religión también se debatió en el pasado. Incluso, pese a sus diferencias, se destacaron muchos principios como comunes a las distintas escuelas. Para que resulte más comprensible, sigamos hablando de esta cuestión como un método integrador: es imprescindible que tal método se defina por su capacidad de abarcar a todos los musulmanes. Debe saberse que este método se manifestó durante su propio proceso de formación como un enfoque que también abarcaba los primeros tiempos de los compañeros del Profeta y de la generación que los siguió. Siempre ha habido un terreno común en la manera de abordar las aleyas, los hadices, los acontecimientos y los hechos, así como en la ejemplaridad de la misión profética y otros aspectos semejantes. Así ha sido pese a las diferencias. Lo importante aquí es que, cuando se expone una opinión, exista un acuerdo sobre su fundamento en la información transmitida y sobre la correcta comprensión de su significado.
Un método integrador tiene dos pilares fundamentales. El primero es que se basa en la «información transmitida». El segundo es la certeza de esa información y también de su significado; es decir, que ambos cuenten con un consenso común. La información transmitida se distingue por quedar fuera de la dimensión humana. Su certeza, por su parte, se sustenta en el acuerdo común. Es decir, se atiende a que resulte manifiesto que no existe ninguna objeción en su contra. Esa información también tiene un significado. Y debe establecerse que ese significado, en lugar de ser múltiple, es común: que contiene un sentido acordado y no admite otro distinto. El islam debe incorporar estos dos principios metodológicos fundamentales como rasgos propios. Así como se edifica sobre estos dos pilares, también lleva consigo, como planteamiento básico, su pluralidad interna. Tal como sucede con la existencia de los ámbitos de lo ordenado, lo prohibido y lo permitido: todo creyente está obligado a cumplir lo ordenado, y tampoco habrá discrepancia respecto a las obligaciones fundamentales, como la oración y sus cinco momentos diarios. Sin embargo, en el ámbito de lo permitido se deja libertad a las preferencias personales, a hacer más o menos, según la naturaleza de la relación de cada persona con su Señor. Este planteamiento se presenta como una posibilidad en todos los ámbitos.
Por ejemplo, en las oraciones voluntarias, cada cual se impone rezar tantas como desee. Pero esto no es una obligación; al contrario, responde a una elección personal para alcanzar el beneplácito divino y acercarse a su Señor. Por eso no todos están obligados a ello, aunque se vincula a la piedad el esfuerzo, mayor o menor, que cada uno realiza también en este terreno, y se plantea que sea voluntario, no impuesto. Por ejemplo, dar limosna se ha establecido como una pauta fundamental. Constituye la base de la ayuda mutua. Dar, sea poco o mucho, es un principio básico. Sin embargo, el azaque se ha establecido como obligatorio, mientras que la limosna se presenta como voluntaria. Pero hasta una sonrisa se define como limosna. Así, se afirma que basta como limosna con que cada cual comparta con los demás aquello que posee. En este punto, dar de lo que se tiene es un principio fundamental. Dar poco o mucho queda a elección de cada persona.
Aquí aparece una nueva regla metodológica. Al cumplir con su culto y su responsabilidad personal, el musulmán presta una atención sumamente escrupulosa a las obligaciones religiosas y las considera algo que nunca debe abandonarse. Pero en el ámbito de lo permitido, donde puede fortalecer su piedad, asumir su responsabilidad y alcanzar el beneplácito divino, imponerse nuevas obligaciones se basa en la voluntariedad. Y ningún creyente debe ser censurado por ello. Lo mismo ocurre en muchas cuestiones de jurisprudencia islámica. Mientras que todos los creyentes están obligados a atenerse a los principios fundamentales, en lo relativo a su desarrollo personal se les permite decidir por sí mismos.
También hay semejanzas entre estas elecciones personales y las colectivas. Con una diferencia: en los asuntos que conciernen a la sociedad son posibles distintas opiniones y enfoques. No hay objeción a ello. Pero cuando se ha de tomar una decisión, se considera imprescindible la decisión de la mayoría. Este es también un principio importante por su carácter vinculante para todos, como hemos explicado antes. Es decir, puede haber distintas opiniones sobre un asunto. Sin embargo, aquello sobre lo que se alcanza un acuerdo se convierte en una disposición vinculante. Aunque cada cual conserve su preferencia personal, todos deben adaptarse a la nueva situación. Aquí se ponen de manifiesto también la importancia de la consulta y su valor metodológico. Es decir, mientras que las elecciones personales vinculan al individuo, en una decisión colectiva, si no se trata de un mandato o una prohibición religiosos, debe darse preferencia a la opinión común, a la perspectiva consensuada, dejando en segundo plano la preferencia personal.
Desde el punto de vista de este método, al señalar que las diferencias en el desarrollo personal deben dejarse a la elección individual dentro del marco de la responsabilidad y que nunca deben ser objeto de censura, se establece también como condición que, en el ámbito colectivo, se destaque el carácter vinculante de la decisión común. Así queda de manifiesto la fuerza vinculante de la mayoría que convierte una decisión en una decisión compartida.
En este punto conviene hacer una distinción sutil. En primer lugar, tanto la perspectiva y el método cimentados por la revelación como su aplicación deben basarse en la información transmitida. Y, en este terreno, el enfoque personal y la interpretación humana no tendrán valor alguno. La información transmitida solo se tomará en consideración junto con otra información transmitida y sobre la base de una información transmitida que se refiera a ella. Pero allí donde interviene la experiencia humana, en los acontecimientos y hechos que quedan fuera de los mandatos y las prohibiciones, las acciones de cada cual en el ámbito de lo permitido, relacionadas con su piedad personal, lo vinculan a él mismo; en el ámbito colectivo, en cambio, se da prioridad a la consulta y a la aceptación comunes. En este punto también conviene señalar la profunda separación entre religión e interpretación. La información transmitida no se interpreta: se procura comprenderla. Y las condiciones de su comprensión son epistemológicamente distintas de las de la interpretación. Debe saberse que, sin comprender esta realidad fundamental, será difícil entender correctamente un proceso islámico de conocimiento. En la época moderna, estos errores aumentan cada vez más y, al reducir la religión a una experiencia humana, se provoca la pérdida de su identidad original.
Examinémoslo a través de una disposición: la pena por matar intencionadamente a una persona es la muerte. ¡En esto no puede haber contradicción! Pero cuando se causa la muerte de alguien sin intención, según lo que indica la revelación, se ofrecen tres opciones: perdonar, exigir una compensación y pedir la muerte del responsable… Que la decisión entre estas tres posibilidades se deje a la familia del fallecido es importante para comprender correctamente la cuestión y poner de manifiesto la razón de su carácter plural. Por eso, la certeza de la transmisión y la certeza del significado, necesarias para una decisión absoluta, constituyen un principio fundamental e irrenunciable. ¡Los principios que reúnen estas condiciones y el método de verificación tampoco pueden dejar de lado estos dos principios fundamentales!
Hacer que este planteamiento básico se examine también en el ámbito de la exégesis coránica y del hadiz es indispensable para comprender y poner en práctica el equilibrio entre certeza y pluralidad. Que un hadiz tenga como fuente al Profeta y que la información transmitida se remonte a él a través de intermediarios es una cuestión. Es importante para establecer la existencia de esa información. Pero el tema que contiene y el hecho de que esté relacionado con mandatos y prohibiciones, o de que se trate de una cuestión de buenos modales y educación, ofrecerán otras posibilidades de valoración. Ahora bien, es imprescindible hacerlo sin perder de vista el método fundamental expuesto antes.
Una identidad original se manifiesta mediante un método. Y un método permite que lo esencial cobre existencia al explicarlo. Por eso es necesario procurar que el método tenga, ante todo, un carácter integrador y responda a lo indispensable para la unidad y la integridad.
¡No es correcto medir con el mismo rasero un problema colectivo y uno individual! Tampoco deben equipararse aquello que se ha establecido como obligatorio o prohibido y lo que pertenece al ámbito de lo permitido e implica elección y responsabilidad personales…
Todo método que tenga en cuenta esta realidad fundamental sentirá la responsabilidad de dar prioridad a un enfoque integrador.
Abdülaziz Tantik
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