
Uno de los temas más comentados de la semana fue la actitud de un profesor de clases particulares hacia su alumno. El profesor se enfada ante los continuos resoplidos del niño al que está dando clase; le dice que odia esa actitud, que va a dejar la clase a medias, que cobrará la mitad del importe y que le contará a su madre lo sucedido. Su tono de voz es muy firme y claro.
Creo que el motivo por el que estas imágenes han dado tanto que hablar es el choque entre dos maneras de entender la educación. Mientras unos defienden que el profesor tiene razón y está poniendo límites al niño, otros consideran que, si el niño se aburre en clase, la responsabilidad es del profesor, que no ha sabido conectar con él ni despertar su interés por la clase.
A mi juicio, este debate fue como un pequeño resumen de cuánto hemos cambiado. La generación anterior se crio con la mentalidad de «Puede hacer con él lo que quiera, con tal de que me lo devuelva entero». En las escuelas y en las familias imperaba una disciplina basada en normas estrictas. Los padres que decían a los profesores «Lo que ustedes digan» han sido sustituidos hoy por padres que dicen «Lo que diga mi hijo».
Al valorar este incidente, solo quisiera decirle una cosa al profesor: cuando expresemos lo que nos molesta y marquemos nuestros límites, elijamos palabras más positivas en lugar de hablar de odio, para que nuestros hijos también puedan expresarse tal como aprenden de nosotros. Al mismo tiempo, respeto que el profesor no quiera dar clase en un entorno en el que no se siente suficientemente respetado y que exprese con claridad esa decisión.
Nuestra manera de entender la educación y la disciplina de los niños ha cambiado con el tiempo. Hasta los años dos mil, los padres tenían más voz en la educación de sus hijos. Sin embargo, en algunas familias esa autoridad se convertía en una forma de educar que no dejaba al niño ningún espacio de libertad, no le permitía desarrollar su individualidad y ni siquiera tenía en cuenta su esencia. Se decía «Aquí se hace lo que nosotros digamos», y se confundía la educación con una disciplina rígida. Hasta tal punto que en la relación entre los padres y la escuela imperaba la idea de «Puede hacer con él lo que quiera, con tal de que me lo devuelva entero», y el niño a menudo no tenía ni voz ni derechos.
Algunos de los niños que crecieron entonces bajo esa mentalidad, al educar hoy a sus propios hijos, han optado por lo contrario de la educación opresiva que recibieron. No querían que sus hijos sufrieran, pasaran privaciones o afrontaran dificultades. Querían ofrecerles un entorno más libre y comprensivo. Sin embargo, esta vez nos hemos ido al otro extremo.
Se ha impuesto la idea de que «Todos los derechos son de mi hijo». Los niños deciden, piden e incluso, a veces, dan órdenes; y los padres se esfuerzan por satisfacer sus deseos. Como dijo un especialista, ni siquiera Fatih Sultan Mehmet vivió en su infancia el reinado del que disfrutan los niños de hoy.
Además, no se trata solo de comprarles todo lo que quieren. Los padres asumen incluso las tareas que sus hijos podrían hacer por sí mismos. Les dan de comer, los visten, les atan los zapatos y les llevan la mochila. Intervienen constantemente para facilitarles la vida, sin darles la oportunidad de asumir responsabilidades. Al cabo de un tiempo, el padre o la madre deja de ser quien atiende las necesidades de su hijo y se convierte prácticamente en alguien que está continuamente a su servicio.
Así, va cobrando cada vez más fuerza una forma de criar centrada en el placer. Este enfoque, que antepone la felicidad del niño a todo lo demás y considera que ser padres exige protegerlo de cualquier malestar o decepción, puede dificultar que desarrolle la capacidad de posponer la satisfacción de sus deseos y controlar sus impulsos. El carácter de una persona no se desarrolla únicamente atendiendo sus necesidades, sino también permitiéndole encontrarse con límites, asumir responsabilidades y aprender a gestionar sus deseos. Un niño acostumbrado a que lo complazcan constantemente puede acabar vinculando la felicidad a las circunstancias externas y a las satisfacciones inmediatas.
También empezamos a ver los efectos de esta forma de criar en las relaciones sociales de los niños. A mi juicio, buscar las causas del aumento del acoso entre alumnos en las escuelas durante los últimos años únicamente en la falta de atención, de afecto o en la presión familiar es un enfoque incompleto. Los niños educados en la búsqueda del placer, acostumbrados a que sus deseos tengan prioridad y a quienes les cuesta aceptar los límites, también pueden vulnerar los derechos y los límites de los demás. No resulta sorprendente que a un niño acostumbrado a que se haga todo lo que quiere le cueste tolerar lo que desea un compañero, una advertencia de su profesor o un límite que se le impone. Por supuesto, el acoso no tiene una sola causa; pero creo que esta nueva forma de entender la crianza es también uno de los factores que merecen atención.
La tarea de los padres, atrapados entre las distintas recomendaciones de diferentes especialistas sobre la crianza, es cada vez más difícil. Se encuentran con opiniones diversas sobre qué cualidades deben inculcar a sus hijos y qué métodos deben emplear para ello. No saben bien dónde poner límites ni cuánta libertad concederles.
Sin embargo, tanto las cualidades de la persona que aspiramos a formar como el método que debemos seguir para lograrlo están claramente expuestos en el Corán y la sunna. El objetivo es formar a una persona con una moral musulmana y las cualidades de un creyente; el método, una educación sin opresión, pero con límites y pautas claros, en la que demos ejemplo tanto con nuestras palabras como con nuestros actos.
Los consejos que el venerable Lokman dio a su hijo constituyen un hermoso ejemplo de esta manera de educar. El venerable Lokman no solo le habla a su hijo de su fe, sino también de cómo debe relacionarse con los demás. Le aconseja que procure el bien, que sea paciente, que no sea arrogante ni menosprecie a las personas y que sea mesurado al caminar y al hablar. (Lokman, 31:13-19)
El Corán elogia a quienes saben controlar su ira y perdonar a los demás: «Ellos dominan su ira y perdonan a las personas». (Âl-i İmrân, 3:134)
Nuestro Profeta también describe a la persona fuerte no como aquella que vence a su rival en la lucha, sino como quien sabe dominarse cuando se enfada. (Buhârî, Edeb, 76; Müslim, Birr, 107)
En otro hadiz define al musulmán como aquel de cuyas manos y de cuya lengua los demás están a salvo. (Buhârî, Îmân, 4; Müslim, Îmân, 64)
Todas estas aleyas y hadices nos recuerdan, además de la moral que deseamos inculcar a nuestros hijos, la responsabilidad que nos corresponde como padres. Si esperamos de nuestros hijos paciencia, compasión, justicia y una buena conducta moral, primero debemos darles ejemplo con nuestros propios actos. Nuestra prioridad debe ser formarnos, tanto nosotros como los hijos que criamos, como musulmanes auténticos. Porque el camino hacia la felicidad en este mundo y en la otra vida pasa por incorporar esta moral a nuestra vida.
Şeyma Demircan Namazcı
Mirat Haber – YouTube
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