
Suplicad a vuestro Señor con humildad de corazón y en secreto. Ciertamente, Él no ama a quienes traspasan los límites. (el-A`râf 7/55)
En nuestros días, cuando crece cada vez más el deseo de exhibirse y hacerse visible, las personas someten casi todos los momentos de su vida a la aprobación ajena. Esta tendencia a la ostentación puede llegar a reflejarse incluso en la súplica, el refugio más íntimo del ser humano. Sin embargo, la aleya 55 de la sura A‘râf muestra cómo debe ser la relación con lo sagrado. La aleya no solo enseña las formas debidas de la súplica; también llama al ser humano a reconocer su propia impotencia, alejarse de la ostentación y dirigirse a Allah con sinceridad.
La palabra «tazarruan» (تَضَرُّعًا / suplicando, sometiéndose), que aparece en la noble aleya, expresa la condición más esencial del siervo ante Allah, el Altísimo: su impotencia. Como señala acertadamente Fahreddin er-Râzî, la súplica humilde se produce cuando el ser imperfecto se somete e implora ante el Ser perfecto. Por ello, mientras el siervo no tome conciencia de sus propias carencias y de su desamparo, no podrá entregarse a una súplica auténtica.[1] Elmalılı Hamdi Yazır, por su parte, considera que la falta de esa actitud humilde es una manifestación de que el siervo no comprende suficientemente su propia impotencia, se cree alguien y se considera autosuficiente; lo describe como «descaro» y «una especie de arrogancia».[2]
La indicación «hufyeten» (خُفْيَةً / en secreto, en silencio) de la aleya constituye, a su vez, el mayor escudo para preservar esa humildad. Así lo expresa Hasan-ı Basrî: «Conocimos a personas que jamás realizaban públicamente ninguna obra que pudieran hacer en secreto en este mundo. Los musulmanes se esforzaban mucho en la súplica. Pero sus voces no se oían. Sus súplicas no eran más que un susurro entre ellos y su Señor».[3] La relación entre la adoración en secreto y la sinceridad también se concreta en otro pasaje del Corán a través de la adoración nocturna. Después de mencionar a los creyentes que se apartan de sus lechos para suplicar a su Señor «con temor y esperanza» (havfen ve tamaʿan) (es-Secde 32/16), se declara que nadie puede saber qué alegrías se les han «ocultado» (uhfiye) como recompensa por sus obras (es-Secde 32/17). El hecho de que las expresiones hufyeten, en A‘râf 7/55, y uhfiye, en Secde 32/17, procedan de la misma raíz pone aún más de relieve el vínculo de significado entre la devoción practicada en secreto y la recompensa que Allah guarda. Pues suplicar en secreto preserva la sinceridad del siervo al dirigirse a Allah y mantiene la adoración a salvo del peligro de la ostentación.
Erving Goffman (1922–1982), una de las figuras destacadas de la sociología moderna, señala en su obra clásica The Presentation of Self in Everyday Life (La presentación del yo en la vida cotidiana) que, en sus interacciones sociales, el individuo lleva a cabo una «gestión de las impresiones» (impression management): mediante palabras, comportamientos, lenguaje corporal y diversos recursos, presenta como una especie de actuación la impresión que desea causar en los demás. Este enfoque de Goffman, que explica las interacciones sociales mediante las metáforas del teatro y el escenario, ofrece también un marco relevante para analizar la visibilidad que adquieren hoy las prácticas religiosas en las redes sociales.[4] En este contexto, la indicación «hufyeten» (خُفْيَةً / en secreto, en silencio), presente en A‘râf 7/55, señala la importancia de suplicar con sinceridad y sin ostentación. En esta relación del siervo con su Señor, lo esencial es que no busque el reconocimiento ajeno, no convierta su súplica en una conducta sometida a la aprobación de los demás y busque únicamente el agrado de Allah. Así, la súplica deja atrás la preocupación por causar una determinada impresión en otros y se convierte en un acto sincero del siervo al dirigirse a su Señor.
La advertencia que cierra la aleya, «Ciertamente, Él no ama a quienes traspasan los límites.», establece un criterio moral sobre los límites de la súplica. Pero ¿qué significa ser de los «al-mu’tedîn» (ٱلْمُعْتَدِينَ / quienes traspasan los límites) al suplicar? Beyzâvî señala a este respecto que quien suplica no debe pedir cosas que no le corresponden, como alcanzar el rango de los profetas o ascender al cielo. Según otra interpretación, traspasar aquí los límites consiste en gritar al suplicar y prolongar la súplica más de lo necesario.[5] De hecho, nuestro Profeta (s), al advertir a sus compañeros sobre este asunto, señaló que traspasar los límites en la súplica radica en esa falta de moderación en las palabras y en la voz. Testimonio de esa conciencia de los límites son las palabras de Abdullah b. Mugaffel ante las detalladas peticiones de su hijo sobre el paraíso: «¡Hijito mío! Pide a Allah el paraíso y refúgiate en Él del infierno. Porque oí al Mensajero de Allah (s) decir: “Ciertamente, habrá en esta comunidad personas que traspasarán los límites en la purificación y en la súplica”».[6]
La moderación del tono de voz al suplicar es también una forma de reconocer la cercanía de Allah, el Altísimo, al ser humano. Durante un viaje, el Profeta (s) se dirigió a sus compañeros, que pronunciaban en voz alta el takbir (Allahu ekber) y el tahlil (Lâ ilâhe illallah), y estableció la pauta de moderación al suplicar con estas palabras: «Gentes, tened compasión de vosotros mismos (no os excedáis). Pues no estáis suplicando a alguien sordo ni ausente (que no esté aquí). Estáis suplicando a quien todo lo oye muy bien y está muy cerca de vosotros».[7] Por tanto, elevar la voz al suplicar supone también una forma de ignorancia, como si se dudara de que Él oye o se creyera que está lejos. La medida de la súplica auténtica no es el volumen de la voz, sino que el siervo se dirija a su Señor con humildad y sinceridad.
En definitiva, la aleya 55 de la sura A‘râf establece criterios fundamentales sobre la naturaleza y las formas debidas de la súplica. Suplicar no consiste únicamente en que el siervo comunique sus peticiones a Allah; consiste también en que, consciente de su propia impotencia y necesidad, se vuelva hacia el poder y la misericordia de su Señor. La súplica humilde mencionada en la aleya destaca la condición de siervo y la humildad en ese acercamiento; el carácter secreto destaca la sinceridad y el rechazo de la ostentación. Estos dos principios cobran aún más sentido hoy, cuando tanta importancia adquieren la visibilidad y el deseo de causar una determinada impresión en los demás. La súplica no es un medio para proyectar ante otros una imagen de religiosidad ni para reivindicar un derecho ante Allah. Por el contrario, consiste en que el siervo conozca sus límites y se dirija a su Señor con humildad y sinceridad. Pues Allah está cerca de su siervo (el-Bakara 2/186) y también oye su súplica secreta. Por ello, lo esencial al suplicar no es el volumen de la voz ni la ostentación de las palabras, sino la conciencia de ser siervo, la sinceridad y la búsqueda del agrado divino.
[1] Fahruddin er-Râzî, Mefâtîḥu’l-ġayb (Beyrut: Dâru İhyâi’t-Türâsi’l-Arabî, 1420/1999), 14/280.
[2] Muhammed Hamdi Yazır Elmalılı, Hak Dini Kur’an Dili (İstanbul: Eser Neşriyat, 1979), 3/2194.
[3] Muhammed b. Cerîr et-Taberî, Camiu’l-beyân fî tefsîri’l-Kur’ân, ed. crítica de Abdullah b. Abdülmuhsin et-Türkî (Beyrut: Dâru Hicr Li’t-Tabaa ve’n-Neşr ve’t-Tevzi` ve’l-İ`lan, 1422/2001), 10/247.
[4] Erving Goffman, The Presentation of Self in Everyday Life (Edinburgh: University of Edinburgh Social Sciences Research Centre, 1956), 8, 13.
[5] Nâsırüddîn Ebû Saîd el-Beyzâvî, Envârü’t-tenzîl ve esrârü’t-te’vîl, ed. crítica de Muhammed Abdurrahman el-Mar`aşlî (Beyrut: Dâru İhyâi’t-Türâsi’l-Arabî, 1418/1997), 3/16.
[6] Süleyman b. el-Eş’as es-Sicistânî Ebû Dâvûd, Sünenu Ebî Dâvûd, ed. crítica de Muhammed Muhyiddin Abdülhamid (Beyrut: el-Mektebetu’l-Asriyye, 1992), «Purificación», 45 (n.º 96).
[7] Ebû’l-Ḥasen Muslim b. el-Ḥaccâc el-Ḳuşeyrî en-Nîsâbûrî Muslim, el-Câmiʿu’ṣ-ṣaḥîḥ, ed. crítica de Muḥammed Fuâd ʿAbdulbâḳî (Beyrut: Dâru İḥyâi’t-Turâs̱i’l-ʿArabî, s. f.), «El recuerdo de Allah, la súplica, el arrepentimiento y la petición de perdón», 2704.
Murat Kayacan
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