
Cuando se habla de fanatismo, lo primero que a la mayoría nos viene a la mente es la rigidez y la intolerancia en cuestiones de fe religiosa. ¿Por qué lo percibimos de entrada como un concepto religioso? Porque durante años se señaló el fanatismo religioso como la causa del declive del Imperio otomano y de su incapacidad para adaptarse a las novedades. Del mismo modo, también se describía el lado oscuro de la Europa medieval vinculándolo al fanatismo religioso. Pero ¿acaso no podemos observar comportamientos fanáticos entre quienes se oponen a la religión o no son creyentes? ¿No podemos decir que también son fanáticas las personas que consideran sus propias convicciones como la única verdad, que son intolerantes con las ideas ajenas, que no soportan a quienes no piensan como ellas, que no abandonan sus viejas ideas aunque se les presenten pruebas lógicas y que se resisten con una obstinación ciega?
Hace años, en el artículo de Peyami Safa titulado «Las variedades del fanatismo», aprendí que el fanatismo no es un concepto exclusivamente religioso, sino que también puede manifestarse en otros ámbitos. Al explicar el origen de la palabra, Peyami Safa decía lo siguiente:
«Los franceses llaman Fanatique al hombre fanático. Su origen se encuentra en la raíz latina Fanum. En la Antigüedad era el calificativo que se daba a los sacerdotes que, en estado de éxtasis, derramaban su propia sangre. Más adelante recibieron este nombre quienes creían que una fuerza oculta dominaba el devenir de la existencia. En el sentido que hoy se emplea en todo el mundo, fanático significa una persona que ansía apasionadamente el triunfo de su propia creencia, que no muestra tolerancia y que está dispuesta a recurrir a la violencia si es necesario. Sus equivalentes en turco otomano son “Mutaassıp, Softa, Yobaz”.
Toda creencia tiene sus fanáticos, empezando por la religión. Hay fanáticos de la religión, de la política, de la nación, de la revolución (yo los llamo farsantes de la revolución), de la ciencia, de la técnica, de la historia…»[1]
Como señala Peyami Safa, aferrarse ciega y excesivamente a una idea, una creencia o una opinión, despreciar las creencias y las ideas de los demás e intentar eliminarlas mediante la coacción, recurrir a la violencia si es necesario y ser intolerante es fanatismo. Podemos encontrarnos con él en todos los ámbitos de la vida: en la ciencia, en la educación, en la política y en las relaciones familiares.
La palabra que designa el fanatismo en turco deriva de la raíz árabe asb (usûb), que significa ‘ayudar a los del propio linaje, adherirse ciegamente’. Su significado en el diccionario es ‘agarrar, cercar, envolver, atar’. «Lo contrario del fanatismo es la tolerancia y la flexibilidad».[2] Aquí, la palabra traducida como flexibilidad significa «dar facilidades», «tratar con suavidad» o acercarse con cortesía, sin forzar. Estos criterios nos ofrecen una idea importante sobre el fanatismo. Por tanto, no se puede llamar fanáticas a las personas que no obligan a los demás a aceptar sus propias convicciones como si fueran la única verdad y que respetan las creencias y las ideas ajenas.
Se puede llamar fanáticas a las personas que desconocen la esencia de la religión, que la creen reducida a un conjunto de reglas rígidas y que la encorsetan. Pero no es correcto calificar de fanática a una persona únicamente porque cumple con los preceptos de su fe. Lo que determina el fanatismo no es tanto la fidelidad de una persona a sus creencias como su actitud intolerante y coercitiva ante otras creencias e ideas.
El fanatismo no es una actitud exclusiva de los individuos; también existen fanatismos de grupo, como el fanatismo futbolístico y el partidismo político. Una persona puede ver como un signo de superioridad o un mérito el hecho de mostrarse del lado de un grupo al que siente que pertenece y que acepta en todos sus aspectos sin cuestionarlo. Así se siente más fuerte y segura entre personas semejantes a ella.
La necesidad de pertenecer a una comunidad y de sentirse valorado en ella puede llevar a veces a una persona a dejar de pensar por sí misma y a actuar con mentalidad de rebaño. De ese modo, puede dejarse arrastrar hacia el fanatismo bajo la influencia de quienes ocultan su agresividad tras ideas y valores aparentemente legítimos. Por otra parte, la familia en la que se ha criado y los supuestos y prejuicios arraigados en la sociedad también pueden influir en el desarrollo de una actitud intolerante.
¿Se puede superar el fanatismo mediante la educación? Hemos visto a muchas personas instruidas y cultas aferrarse ciegamente a sus propias convicciones y adoptar una actitud que excluye otros puntos de vista. Con una educación adecuada podemos desarrollar hasta cierto punto los rasgos de la personalidad y del temperamento. Es posible adquirir flexibilidad mental en entornos educativos donde se puedan debatir opiniones distintas con respeto y donde los errores se vean como oportunidades de aprendizaje. Es decir, el fanatismo puede superarse en cierta medida.
El fanatismo es estrechez de miras, es cerrarse al pensamiento crítico. En cambio, quienes saben cuestionar sus ideas y creencias están abiertos al desarrollo y a las críticas justificadas. Son conscientes de que reconocer sus errores no menoscaba su propia valía.
Estar abierto a lo nuevo no significa desatender los valores y las creencias que mantienen unida a la sociedad. Preservar los valores morales y humanos heredados del pasado y reinterpretarlos ante unas circunstancias cambiantes sin perder su esencia tiene una importancia vital para la sociedad. En su sentido más general, se denomina conservadurismo al pensamiento y a la actitud que dan importancia a preservar los valores, las tradiciones y el patrimonio cultural que una sociedad ha forjado a lo largo de su historia. El conservadurismo y el fanatismo pueden parecer entrelazados; sin embargo, en el fanatismo existe una resistencia incondicional al cambio, mientras que en el conservadurismo lo esencial es preservar los valores.
Vemos que en turco se utiliza con frecuencia la palabra equivalente a «inmovilismo» para expresar el concepto de conservadurismo. En mi opinión, «inmovilismo» se queda corto frente al significado de conservadurismo. Por fin, la información más reciente que he encontrado aclara lo que pensaba:
«En los años en que el conservadurismo apenas empezaba a conocerse como ideología política, hubo quienes tradujeron el término inglés ‘conservatism’ como ‘inmovilismo’. Sin embargo, en los últimos años, a medida que el concepto se ha ido definiendo y han aparecido quienes lo hacen suyo y se identifican como ‘conservadores’, se ha superado esta confusión conceptual».[3]
Al comienzo de este artículo dijimos que el concepto de fanatismo evoca de inmediato la rigidez religiosa. Sin embargo, podemos decir que es fanática toda persona que considera sus propias convicciones como la única verdad irrenunciable e incuestionable y que, si es necesario, ejerce presión. A quien desea cumplir los preceptos de su fe e incluso la defiende de manera apropiada podemos llamarlo conservador, no fanático. Defender los valores del pasado no es lo mismo que cerrar las puertas a lo nuevo. Los intolerantes que se oponían a las novedades influyeron en el declive del Imperio otomano; sin embargo, la fuerza que levantó a una nación agonizante también fueron sus creencias religiosas. El ser humano debe ser capaz de preservar sus creencias y sus valores y, al mismo tiempo, respetar otras ideas y cuestionar sus propias convicciones cuando sea necesario.
[1] Peyami Safa, Religión, revolución, reacción (İstanbul: Ötüken Neşriyat, 1978), 231-232.
[2] Mustafa Çağrıcı, “Fanatismo”, Türkiye Diyanet Vakfı İslâm Ansiklopedisi (Consulta: 8 de noviembre de 2026). https://islamansiklopedisi.org.tr/taassup
[3] Bekir Berat Özipek, «¿Qué es el conservadurismo?», Köprü Dergisi (Consulta: 8 de noviembre de 2026). https://www.koprudergisi.com/kis-2007/muhafazakarlik-nedir/
Ayşegül Ünal
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